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La España vacía como solución

28/05/2020 Área: Desarrollo rural Fuente: El Confidencial

Foto: Un núcleo de casas abandonadas con un hórreo y un campo comunal en la aldea de Seixas, en la parroquia de Merlan (Lugo). (EFE)

La razón hoy nos dice que el ciudadano no puede ser náufrago en un océano urbano, ni debe sentirse atrapado en redes de movilidad delirante ni aplastado por una atmósfera contaminada.

Artículo de opinión de Salvador Moreno Peralta, arquitecto urbanista, publicado en El Confidencial.

A lo largo de la historia ha habido guerras, pandemias y crisis económicas que, por su extensión y calado, hemos llamado mundiales -aunque en puridad no abarcaran la totalidad del orbe- y de las que salimos con aprendizajes y olvidos; pero solo ahora, en poco más de una década, se han producido las dos primeras crisis con repercusión verdaderamente planetaria. La primera de ellas fue de carácter socioeconómico y como consecuencia de la insensatez financiera. La segunda es esta de ahora, que provoca el horror del efecto combinado de una guerra, una pandemia y una crisis económica insondable. No es difícil encontrar en el origen de ambas el referente espacial de una sociedad urbanizada, concentrada en megalópolis de demografías inabordables y una frenética movilidad interna que trastorna la natural percepción humana de la relación espacio/tiempo: estamos, de hecho, ante la primera gran crisis de la urbanidad, después de que la ciudad haya paseado su triunfo a lo largo de la Historia.

El desmedido proceso de metropolización del planeta parece haber llegado a un extremo que: a) supera la capacidad de comprensión de la ciudad por sus habitantes (con la perturbación anímica que eso conlleva); b) anula las sinergias ventajosas de las economías de aglomeración, ahondando la brecha social entre ricos y pobres, y c) por su propia exigencia de funcionamiento, es el principal causante del deterioro medioambiental y el cambio climático.

Hay un punto crítico a partir del cual, como escribía Françoise Choay, la hipertrofia de lo urbano acaba con la ciudad. Ante la alarma, hoy gurús de laboratorio llenan las páginas de los periódicos capitalinos con huevos de Colón tipo "ciudad de 14 minutos", aludiendo a lo que ha sido siempre un clásico del urbanismo posindustrial: conseguir barrios en los que sus vecinos, aun dentro de una inmensa metrópoli, puedan seguir aspirando a los sueños de bienestar, convivencia y proximidad que en nuestro imaginario ha atesorado "la ciudad de siempre", en acertada síntesis de Jordi Borja. Es una utopía pretender que esos ámbitos de proximidad nos provean de la autosuficiencia absoluta cuando la mayor parte de nuestros trabajos exigen largos desplazamientos cotidianos desde la centralidad de nuestras propias residencias.

Pero las utopías han de ser siempre las derivadas hacia las que tienda la razón. Y la razón hoy nos dice que el ciudadano no puede ser náufrago en un océano urbano, ni debe sentirse atrapado en redes de movilidad delirante, ni aplastado por una atmósfera contaminada. Hoy el redescubrimiento de los valores de lo urbano está en volver la mirada a la estimulante aleatoriedad de la calle, hacia esos lugares comunales en los que, tras dejar el ordenador que minutos antes nos ha conectado con el universo, nos juntamos con nuestros semejantes para compartir con ellos nuestras alegrías y nuestras inquietudes.

¿Y qué modelo han descubierto los gurús de los 14 minutos? Pues precisamente el modo de vida de los asentamientos rurales y tradicionales que el desquiciado fundamento consumista del capitalismo moderno despreció, abandonando la necesidad de establecer un pacífico 'statu quo' entre el campo y la ciudad, la Naturaleza y lo urbano, cuya ausencia está pasando ahora una dramática factura. El universo urbano quedó sentenciado como el escenario de las oportunidades, y el mundo rural como el significante de la derrota, un espacio pasivo, mediáticamente invisible y confinado, en el mejor de los casos, a la condescendiente servidumbre de lo 'típico', arcadia para consumo de urbanitas de capital. Ajenos a una visión productivamente activa y no pasiva, las comunidades agrarias y los núcleos tradicionales han sufrido ese proceso de despoblamiento y envejecimiento que tanto nos alarmaba justo antes de que la pandemia ocupara la totalidad de la atención pública.

Si para limpiar nuestra atmósfera ha hecho falta nada menos que la paralización total de las ciudades, es ingenuo, si no falaz, intentar combatir la metástasis del modelo urbano solo con aspirinas de eficiencia tecnológica. El reto hoy es de mayor calado y exige atacar la raíz del problema, empezando por 'descomprimir' las ciudades hacia esos núcleos agrarios abandonados que, tras haber sido expulsados de la razón urbana como lo absolutamente 'otro', podrían presentarse ahora, no solo como estimulantes modelos de vida en paz con la Naturaleza, sino como formas verosímiles de productividad. La aplicación de tecnologías innovadoras a recursos productivos ancestrales, abandonados por las sirenas de la gran ciudad, sus pompas y sus ladrillos, ahora podrían estar "inventando alternativas propias para la revitalización de las economías locales, proporcionando con ello más autosuficiencia e igualdad, más cohesión social y más democracia y protección ambiental que las que nos puede ofrecer el reino de las multinacionales", como escribe lúcidamente David Hammerstein.

No se trata de un diletantismo de 'Beatus Ille' ni delirios de una fisiocracia autárquica. Se trata de que los pueblos y pequeños núcleos ligados a la tierra, los expulsados de la razón urbana y del progreso, hoy, en una crisis terrible y desconcertante, puedan irrumpir como los paradigmas de un sistema urbano y productivo enraizado en lo tangible pero conectado con el mundo, campo infinito para la aplicación de las nuevas tecnologías y modelo para un equilibrio territorial que haga descender de lo virtual a lo concreto, y esta vez de verdad, el concepto de desarrollo sostenible, hoy estragado en su abusiva y retórica utilización.

*Salvador Moreno Peralta. Arquitecto urbanista.

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