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Cómo resucitar estaciones de tren en ruinas

11/02/2019 Área: Patrimonio Fuente: El Independiente

Artículo de Pablo García y Giulio M. Piantadosi, publicado en El Independiente.

Las líneas Madrid-Burgos y Santander-Mediterráneo son líneas muertas. La primera abrió en los años 30 y se usó regularmente hasta su cierre temporal en 2006 por el robo de cable: nunca más funcionó, situación agravada por el derrumbe en el Túnel de Somosierra el 6 de marzo de 2011 sobre una máquina bateadora; la segunda línea fue todavía peor: concebida y construida en los años 20 para unir los puertos de Santander y Valencia, nunca se inauguró, dejando obras para la historia del despilfarro como el Túnel de la Engaña. Junto al tendido ferroviario se edificaron decenas de estaciones en pequeños núcleos de población, hoy en estado de abandono absoluto.

Salvo que algún particular se interese en resucitar estaciones fantasma, caso de Luis Hernanz, dueño del restaurante La Estación Real situado en la Autovía [antigua carretera de] Colmenar Viejo (M-607). Oriundo de esa comarca madrileña de serranía, en 1997 se lanzó a tener su propio Asador cuando éstos se pusieron de moda en la carretera Madrid-Burgos. "Fui a alquilar una vaquería en Buitrago de Lozoya, y cuando llegué el propietario me soltó que la acababa de arrendar". Apenado, condujo en dirección a ninguna parte. Se paró en un edificio en ruinas. Enfrente tenía la Prisión de Soto del Real, inaugurada en 1995. Se metió en un restaurante y preguntó al camarero que de quién podía ser ese sobrio inmueble. Dos hombres interrumpieron: "Nosotros somos los dueños". Era la Estación de Tren de Lozoyuela y los dos individuos resultaron ser de Renfe, los que a la postre le ayudaron a cimentar su negocio.

La historia de Luis Hernanz es de momento un caso aislado que a Adif, propietaria de todos los inmuebles, le gustaría impulsar. El administrador ferroviario puso en marcha en 2013 un Plan de Racionalización de Activos. El plan tenía y tiene varias patas como alquilar o vender el patrimonio inmobiliario "que no forma parte sustancial e imprescindible para el desarrollo de la actividad" u "ofrecer a los actuales inquilinos de viviendas de titularidad de Adif pasar a ser propietarios", según explica la empresa a El Independiente. Hoy hay unas 300 estaciones en España que no prestan servicio ferroviario y podrían comercializarse. Solo en la espectral línea Ferrocarril Santander-Mediterráneo hay 77 estaciones de tren.

La joya de la corona del resurgimiento ferroviario no tiene rival: la Estación Internacional de Canfranc, imponente con 241 metros de altura, 75 puertas y 365 ventanas en medio del Pirineo. Es una estación fronteriza descomunal inspirada en el arte palaciego francés en una zona (parte noroccidental de Aragón) que, de no ser por el esquí, estaría prácticamente despoblada. Ha protagonizado novelas y películas. Entró en decadencia en los años setenta. Desde 2013 hay visitas guiadas por el vestíbulo y para 2020 se espera la apertura de un hotel. Con todo, cuidado con las promesas: la recuperación de Canfranc ya era el gran mantra del aragonesismo en la Transición. Y ahí sigue.

Pero no todo es Canfranc, adquirida por la Diputación General de Aragón en 2012: tal es la cantidad de pequeño patrimonio que Adif tiene desperdigado por España que la empresa pública desconoce exactamente cuántas propiedades posee, según reveló Maldita.es. Hay patrimonio ferroviario para rescatar a patadas. Lo que no hay son ofertas.

La fórmula de enajenar o vender inmuebles nació en 2013. Antes se realizaban concesiones previo pago de un canon, caso del Restaurante La Estación Real. "Procuramos que se implique tanto Adif como el arrendatario", avanza Juan Carlos García, Jefe de Gestión Patrimonial de Centro de la sociedad pública. Y no es tarea fácil, empezando porque los edificios se traspasan en estado lamentable y sin lo básico. "No había cimentación, y tuvimos que excavar medio metro", recuerda Luis Herranz, el hostelero de Guadarrama. "No había luz y tuvimos que engancharnos a la alta tensión. Y no había agua, y me dieron el enganche a seis kilómetros de aquí, en Soto del Real. Lo que más había era mierda", bromea.

Lo mismo tuvo que hacer Daniel García en 2003 cuando firmó con Adif un contrato de cesión para convertir las estaciones de Hontoria del Pinar y Rabanera del Pinar (Burgos) en casas rurales. "Además de la luz y el agua, tuvimos que hacer una reforma integral". Estamos en la línea Santander-Mediterráneo, lo que significa una lista interminable de estaciones olvidadas. "En este trayecto hay dos tipos de estaciones, algunas con solera e historia. Las pequeñas, que son apeaderos como el de La Revilla, donde se rodó la película El Milagro de P. Tinto; y las grandes como las mías, con la estructura típica: edificio contiguo de dos plantas donde tengo la casa rural, los amplios retretes de la estación que yo he reconvertido en mi apartamento y la sala de espera, que en la jerga ferroviaria se llamaban refugios porque protegían a los pasajeros del frío". Y en Burgos frío hace un rato.

Especial mención merece la cada vez más maltrecha Estación de Soria, también conocida como El Cañuelo, perteneciente a la misma línea que Hontoria o Rabanera. Suprimidos los servicios entre Castejón y la capital soriana y con cada vez menos frecuencias hacia Madrid, la sencilla estructura de planta rectangular se conserva intacta a pesar del desuso. Hace 53 años, El Cañuelo -que no está en venta- fue uno de los escenarios de Doctor Zhivago, el film de David Lean basado en la novela de Boris Pasternak.

¿Es complicado sacar adelante un negocio en una estación? Rotundamente sí. "En los años buenos aquí trabajábamos 10 y ahora somos cuatro", comenta Luis Hernanz. "Cuando se desdobló la Carretera de Colmenar -haciéndose autovía- dejaron la parte de mi restaurante sin entrada directa, obligando a todo el mundo a conocer el desvío para acceder. Hay quien me ha llamado lamentando que se larga a otro sitio a comer porque no nos encontraba".

"No tenemos empleados, más allá de mi hermano y yo", recalca Daniel García, que regenta casas rurales en la Sierra de la Demanda burgalesa. "A mi me dijeron en Adif que no había ninguna figura de protección, e hice la reforma que quise en Hontoria y Rabanera del Pinar". ¿Ingresos? "Yo vivo con poco", asegura.

Todo ha sido muy diferente para Luis Hernanz. "Al ser patrimonio histórico de Adif, no puedo poner carteles", prosigue el hostelero. "Se respetó toda la estructura. La fachada, que me la encontré llena de cables, está intacta. Los tejados estaban hundidos. Incluso había árboles en el vestíbulo de espera". Hernanz ha recibido visitas inesperadas de autoridades vinculadas al Patrimonio regional, advirtiéndole que no se le ocurra tocar esto o aquello.

El restaurante madrileño La Estación Real ofrece platos de caza exquisitos a buen precio. El problema es llegar. El andén es una terraza improvisada para los días de sol. Hernanz, un enamorado del tren -todo su negocio está decorado con motivos ferroviarios-, cuenta que conocía a los maquinistas del Ferrocarril Madrid-Burgos, que los invitaba a probar sus manjares y que, a cambio, cuando ellos circulaban por su estación-asador, hacían pitar el tren. Ese maridaje entre la gastronomía y el ferrocarril terminó abruptamente en 2006.

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